martes, 13 de junio de 2017

EL SAINETE ESPAÑOL



En la célebre película Sopa de Ganso, Rufus Firefly (Groucho Marx) es nombrado presidente de la república de Libertonia. En su toma de posesión declara solemnemente: “No permitiré de ningún modo la corrupción … sin que yo reciba mi parte”. Acto seguido nombra como ministro de la Guerra a un vendedor callejero de cacahuetes, que casualmente trabaja como espía para una potencia enemiga, Sylvania. Al estallar la guerra, y ante la falta de tiempo para cavar, pide que le sirvan trincheras prefabricadas. Y al general del ejército que informa de un ataque de gases en su sector … le recomienda una cucharada de bicarbonato.

Imagen de una de las últimas ocasiones conocidas en que una
ciudadana exigió responsabilidades a la clase política
España ha vivido etapas convulsas, guerras civiles sangrientas, gobiernos corruptos, autoritarios. Pero si por algo se distingue la etapa actual es por tener el régimen político más absurdo de nuestra historia. Visto con perspectiva, puede decirse que el Régimen surgido en 1978 ha degenerado en algo no menos absurdo que el gobierno de Libertonia. La declaración solemne de Firefly bien podía haber sido pronunciada por cualquiera de nuestros gobernantes; las ridículas decisiones de las trincheras y el bicarbonato no desentonan con ese principio, grabado en piedra, que ha presidido nuestra política: crear un problema para justificar un incremento de la administración y del presupuesto para … aplicar la solución equivocada. Y vuelta al principio.

Todo comenzó mal. Aunque la propaganda oficial difundiese un relato idealizado de la Transición Política de 1977-78, el jactancioso consenso constitucional fue más bien un cambalache, el reparto de la tarta entre los que ya estaban y los que llegaban. Oligarcas, caciques locales, burócratas de partido… todos tendrían su parte, aunque ello conllevara multiplicar las estructuras administrativas hasta lo insoportable. El caótico sistema autonómico, sin modelo definido, promovió una descentralización de competencias descontrolada y sin tasa que dio alas al secesionismo, estimulando a las oligarquías locales que vieron la oportunidad de incrementar su poder, sus ingresos ilegales y, por supuesto, alcanzar la impunidad definitiva.

De aquéllos polvos, estos lodos ... Y aquí
no pasa absolutamente nada
Se cedió a los nacionalistas regionales la capacidad de actuar a discreción en su área de influencia sin que el gobierno central pusiera cortapisa alguna. Incluso el concepto de España se convirtió en tabú, en una palabra políticamente incorrecta, fenómeno que resulta incomprensible para cualquiera que no sea español. Un disparate de tal calibre que ni a Groucho Marx se le ocurrió incorporarlo en su parodia de Libertonia. Ahora, tras años negando el problema de la tendencia desintegradora, fieles al esperpento, los políticos intentan frenar el proceso secesionista con una cucharada de bicarbonato.

La Transición Política tuvo poco heroísmo y demasiado apaño, componenda y pasteleo. Alumbró una Constitución que era incoherente, ambigua, indefinida, en la medida en que cada cual presionó para introducir reivindicaciones en los artículos que le interesaban. A los nuevos padres de la patria no les preocupó las consecuencias a largo plazo sino su foto, con sonrisa de dentífrico, “escribiendo la Historia”. Dieron así el pistoletazo de salida a una política que primaba el corto plazo sobre la visión de futuro, la imagen sobre la sustancia y la verborrea sobre los fundamentos. Un país donde importaría muy poco el fondo de lo que se decía … y mucho quien lo decía. Donde lo superficial, la apariencia, la palabrería, sin prisa pero sin pausa, aniquilaría el razonamiento y enviaría la inteligencia a las catacumbas.

A partir de ahí, todo fue susceptible de empeorar. Los partidos se financiaron ilegalmente, vendiendo favores a cambio de comisiones. El parlamento se convirtió en una cuadrilla de aprieta-botones; el Tribunal Constitucional en un tribunal político, la Justicia en un ente torpe, lento e incapaz de aplicar la ley a los poderosos con la debida diligencia y contundencia. Incluso el Rey se permitió poner a su amante, Corinna zu Sayn-Wittgenstein, no ya un pisito, sino un palacio que lindaba con el suyo … a cargo del contribuyente.

Fue también absurda la obsesión antifranquista de los “nuevos progresistas”, su pretensión extemporánea de combatir una dictadura ya finiquitada. ¿Qué sentido tenía alardear de un antifranquismo retrospectivo? Muy sencillo: ocultar la evidencia de que el nuevo régimen hundía sus raíces en franquismo y proclamar a los cuatro vientos la mentira de que su origen era otro muy distinto. El nuevo PSOE de Felipe González no sólo había sido una creación de la Alemania de Willy Brandt y Helmut Schmidt o de los EEUU de Henry Kissinger, sino que contó con el apoyo y protección de los servicios secretos franquistas, interesados en una nueva formación de izquierda que restara influencia al Partido Comunista. La retórica antifranquista no era más que una cortina de humo para ocultar las relaciones pasadas con la dictadura. Otro pasaje de nuestra historia, otro tabú que demanda luz y taquígrafos.

Se ha comparado el regimen juancarlista con el de la Restauración Borbónica, diseñada por Antonio Cánovas a partir de 1875, un sistema que duró hasta 1923. Y ciertamente hay muchas similitudes: el caciquismo, la corrupción generalizada, el clientelismo, las estrategias para comprar votos, la costumbre de enchufar en la administración a los partidarios, el control de la prensa, el turnismo, etc. Pero existe una discrepancia fundamental. En el régimen actual no han surgido políticos de talla sino mediocres sucedáneos sin carisma ni visión de futuro, auténticos zoquetes, vendedores de crecepelo, repetidores de consignas sin una idea propia. El perverso proceso de selección de los partidos ha alumbrado una clase política refractaria al debate de ideas, preocupada sólo por su permanencia en el poder y la consecución de estrechísimos intereses particulares. Unos personajes de una estulticia equiparable a la de los dirigentes de Libertonia.

Y qué decir del papel de una prensa que, controlada por el poder, ha rehusado denunciar los desmanes de la España política pues muchos periodistas recibían favores y otros cobraban más por callar que por escribir. Como ejemplo, la gran masa de informadores actuó siempre como aduladores del Monarca, describiendo a Juan Carlos de Borbón como quintaesencia de la virtud. Ocultaron sus oscuros “negocios” y llamaron campechanía a lo que no era más que grosería, ordinariez o mala educación. Sonrojante fue también el papel de los intelectuales y su proverbial autocensura, incapaces de criticar al sistema por miedo a ser tachados de antidemócratas, una vez que la propaganda oficial identificó el Régimen Juancarlista y el insólito Estado de las Autonomías … con la Democracia. Todo lo que no fuera elogiar el sistema no podía ser más que antidemocrático.

Hoy día un elevado porcentaje de ciudadanos no encuentra empleo y muchos viven en la estrechez crónica sin expectativas de mejora. Impera el favoritismo, la corrupción, el amiguismo, las relaciones. El sistema administrativo y judicial no ofrece garantías suficientes. Para colmo, existe alguna comunidad autónoma donde los niños ya no pueden estudiar en español mientras que en otras empieza a ser cada vez más difícil.

Los partidos políticos no son capaces de ponerse de acuerdo para ofrecer soluciones a tan graves problemas. Pero alcanzan con extraordinaria rapidez el consenso cuando se trata llegar a un pacto para, por ejemplo, impulsar nuevas medidas contra la violencia de género, para combatir el cambio climático o para … incrementar la recaudación fiscal. Los partidos se preocupan poco por atender los problemas reales de los ciudadanos pero compiten entre sí por aparecer como el más firme defensor de la corrección política, multiplicando la dosis del mismo tratamiento que ha convertido a la sociedad en un lamentable enfermo. Jamás hubiera imaginado Groucho Marx que, algún día, el esperpento de la política española superaría su genial ficción; menos aún que lo hiciera de forma tan extraordinaria.

Javier Benegas y Juan M. Blanco
(Visto en https://benegasyblanco.com/)

2 comentarios:

  1. el problema de fondo es que "los politicos jamas van alegislar contra ellos mismos" la corrupcion solo es denuciable cuando la hace el de enfrente y a ELLOS les conviene denucniarla Si no les conviene no existe

    Faltan leyes como las de USA que presupongan la criminalidad del poliitco y que los tengan a raya organizando al Estado para vigilarles y reprimirles por todos los medios

    Esas leyes no las van a hacer ni los de Podemos ( que solo son otros politicos corruptos mas) ni nadie

    Aquei todos vamos de "Aammos tanto anuestro amado lider que nos creemos queel es casto y puro" ¿Maaaande? Ni de coña, aqui no se salva ninguno Hay que controlar also lideres tambien al suyo, el de Vd

    Por eso en España tanta gente decepcionada/engañada acaba en el Anarquismo Lo cual tampoco es solucion porque el Anarquismo esta pensado para que jamas pueda hacer nada útil

    Leyes contra los politicos, sin presuncion de inocencia, y que se salve el que pueda

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    1. No conozco a ningún líder.
      Todos tienen que preguntar lo que deben votar.

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